En una Guatemala marcada por el conflicto armado interno, cuando el miedo acompañaba cada amanecer, hubo quienes decidieron no abandonar su vocación.
Corrían los años ochenta y salir de casa significaba exponerse a retenes, persecuciones militares o encuentros inesperados con grupos insurgentes.
Aun así, muchos docentes se internaban en comunidades rurales para cumplir una misión que iba más allá de impartir clases: cuidar la vida de sus estudiantes.

Una de ellas fue Beatriz Cifuentes de Paz, originaria de San Pedro Sacatepéquez, San Marcos, egresada del Instituto Normal Mixto de Occidente (INMO).
Hoy, al mirar atrás, recuerda aquellos años como una etapa marcada por el sacrificio, el compromiso y una valentía silenciosa que nunca figuró en los libros, pero que se vivió en las aulas.
Sus primeros pasos en la docencia los dio durante los años ochenta, cuando laboró en el cantón Las Brisas de la aldea Tuichán, en el municipio de Ixchiguán, así como en la Escuela Oficial de Párvulos Concepción V de Susbillé y en la Escuela Procopio Chávez Ramírez de San Isidro Chamac, ambas en San Pedro Sacatepéquez, donde realizó interinatos que fortalecieron su vocación y carácter.

Ya en los años noventa, una oportunidad laboral la llevó hasta la comunidad de Sombrerito Alto, en el municipio de Nuevo Progreso. El trayecto hacia la escuela era una prueba diaria de resistencia: debía caminar dos horas y media, pues no existía transporte directo. El camino, empinado y largo, se volvió aún más complicado cuando comenzaron los trabajos de ampliación de la carretera.
“Caminar entre el barro era más difícil. Hubo ocasiones en que me subí a un tractor y me daban jalón para llegar a la escuela o para regresar al centro de Nuevo Progreso”, recuerda.
Fue en ese lugar donde vivió uno de los momentos más impactantes de su vida. Mientras impartía clases, varias personas se acercaron a la escuela. Eran integrantes de la guerrilla; algunos vestían uniforme, otros portaban únicamente sus armas. Sin decir una palabra, la docente pidió silencio, reunió a los niños y los colocó detrás de ella, resguardándolos en un rincón del aula.

“Ellos solo nos observaron durante varios minutos y luego se fueron”, relata.
El temor mayor era que se produjera un enfrentamiento armado, ya que minutos antes también había pasado un grupo del Ejército por el lugar. Ambos bandos buscaban alimentos. “Me mantuve calmada frente a los niños, pero cuando me quedé sola, lloré”, confiesa.
En la comunidad, el apoyo era escaso. Solo recuerda a Micaela, una vecina que le avisaba cuando aparecían personas extrañas, para evitar que los alumnos salieran del establecimiento.

Con el paso de los años, la seño Beatriz dejó Nuevo Progreso y continuó laborando por contrato en distintas comunidades del departamento de San Marcos, entre ellas Nueva Jerusalén, Nuevo San Rafael, del municipio de San Antonio Sacatepéquez, manteniéndose firme en su compromiso con la educación rural.
Entre 1992 y 1999, asumió el cargo de coordinadora regional del Instituto Guatemalteco de Educación Radiofónica (IGER), formando a varias generaciones a través del sistema de educación a distancia, cuyos programas se transmitían por la radio La Voz de la Buena Nueva 91.9 FM.
“Como son las cosas de la vida: quien fue mi directora en una escuela, luego fue mi docente bajo mi coordinación en IGER”, comenta con una sonrisa, recordando el impacto de este programa en la superación de muchas personas.

En el año 2000, trabajó por contrato en FONAPAZ, y posteriormente regresó al Ministerio de Educación, donde continuó bajo el mismo renglón entre 2001 y 2003 en la aldea Candelaria Siquival, de San Antonio Sacatepéquez, y en 2004 en Alta Vista, municipio de San Marcos.
A pesar de los años de servicio y de figurar en el banco elegible, no lograba pasar al renglón 011, por lo que siguió contratada de 2005 a 2011 en la Escuela Oficial Rural Mixta de la aldea Champollap, en San Pedro Sacatepéquez.
Fue durante el gobierno de Álvaro Colom cuando finalmente se abrió una convocatoria que le permitió ser presupuestada. Así, de 2012 a 2025, dedicó sus últimos años de servicio a formar a la niñez de la aldea Piedra Grande, cerrando su carrera donde dejó una huella profunda.

“Me he encontrado con exalumnos que ahora son profesionales: médicos, ingenieros. A veces en el mercado me regalan más productos y me dicen: ‘es un agradecimiento, usted fue maestra de mi hijo’”, cuenta emocionada.
Tras décadas de entrega, sacrificio y vocación, la seño Beatriz se despide del aula para integrarse a las clases pasivas. Sin embargo, varios años de servicio no fueron reconocidos por un sistema que considera injusto, lo que la obligó a seguir trabajando para no verse afectada económicamente.
Hoy, con serenidad, afirma tener la misión cumplida. Esta crónica es un reconocimiento a su trayectoria y a la de cientos de docentes que, en silencio, sostuvieron la educación en los momentos más difíciles del país, muchas veces sin aplausos, sin homenajes y sin un simple “gracias”.




